Inferno

12 marzo, 2011 No Comments

El diccionario de la R.A.E. contempla varias acepciones en la definición de demonio. Del latín daemonĭum, esta entrada concibe demonio como diablo, ángel rebelado (príncipe de los ángeles rebelados) que en la doctrina cristiana es uno de los tres enemigos del alma, un espíritu que incita al mal y que cuenta con numerosos adeptos dado su poderoso atractivo; tal vez el peso del Cristianismo es responsable de que sólo contemos con una única escultura dedicada al ángel caído (siglo XIX), ubicada en el Parque del Retiro de Madrid. Hasta entonces, siempre se había representado al demonio en construcciones religiosas dentro del marco narrativo de las Sagradas Escrituras; de ahí, la importancia de la autonomía de la escultura madrileña.

Ahora bien, ¿qué hace tan atractivo este personaje? En sus orígenes, la representación del demonio seguía unos cánones que transmitían el horror al pueblo en busca de la represión de sus vicios y pecados, como responsable de todo mal; sin embargo, el hecho de ser un ángel caído suponía un problema de ambigüedad por esta doble naturaleza; de ahí, que los primeros años del Cristianismo se optara por la imagen de un ángel que se diferenciaba del resto por el color oscuro de su aspecto. Con el tiempo se definieron unas cualidades terroríficas que se repetían en la mayoría de los textos: cabeza de león, alas y espalda de ave rapaz, manos y pies demoníacos, vientre de reptil y cola de pez, todas ellas cualidades representativas del mundo del mal. Lo interesante de este personaje es, que a pesar de este aspecto monstruoso, tiene la capacidad de adoptar formas insospechadas para pasar inadvertido a los ojos del Bien, lo que le otorga un carácter de misterio y fascinación. En la Alta Edad Media es común encontrarlo con dos cabezas mirando en dos direcciones opuestas; es decir, siempre ha primado el aspecto monstruoso del demonio, para transmitir terror a quienes lo contemplan y por tanto su rechazo, exaltando su incitación al mal. Pero no siempre ha sido así; en un salto cronológico desmesurado nos situamos en el siglo XX donde encontramos en Estación de Nieblas de The Sandman un demonio muy distinto al forjado por la tradición; entre sus páginas, encontramos un demonio hermoso, de gran belleza, con una complexión física armoniosa y una mirada desafiante (es precisamente esta belleza la que hace del mal su mayor atractivo). Sus inmensas alas advierten la deuda de la iconografía tradicional, y los pliegues de su escasa indumentaria imprimen en él un aire clásico. Es un demonio protagonista, no el que “debía ser rechazado” como entonces.

Su nombre no es demonio, es Lucifer. The Sandman, Estación de nieblas,

Lucifer es su nombre antes que demonio pues su etimología le convierte en “portador de la luz”, y con ello de la razón, el juicio y la cordura, aunque así sea dentro del mundo del mal. Aflora en este cómic el espíritu superior al resto de jerarquías demoníacas que le caracterizaron en su nacimiento, algo que se ha tratado de acallar a lo largo de la historia del arte, en sus representaciones iconográficas. Es tal su autonomía que Lucifer toma la aplastante decisión de abandonar el infierno; Sueño queda expectante ante tal acontecimiento y escucha las palabras de protesta de Lucifer, harto de haber sido señalado como responsable de todas las atrocidades, tomado como excusa de aquellos actos que los hombres no “deseaban” realizar, acusado de comprar almas. Cree que encontrará la libertad en el momento en que vacíe el infierno y cierre sus puertas; pide a Sueño que le corte las alas, parte de su anatomía que siempre ha revelado su identidad y último paso para abandonar de una vez por todas su cargo y su naturaleza. The Sandman hace de esta peculiar visión del demonio un manifiesto que reivindica el reconocimiento del demonio como ser superior, autónomo y sensible, desvirtuado a lo largo de la tradición. Con ello, asistimos a una reinterpretación de la religión cristiana.

Del mismo modo, Strindberg otorga un papel revelador a Lucifer en su obra Inferno (1896-1897). La obra se abre con una breve pieza dramática que, al igual que Estación de Nieblas, eleva al demonio a una categoría inusitada a través del enfrentamiento dialéctico entre éste y Dios. La novela autobiográfica que le sigue no abandona esta cuestión, pues el mismo Strindberg, preso de crisis, ansiedades, paranoias y delirios parece ser víctima de esta nueva revelación, de la subida al poder de una fuerza que de una u otra manera, todos llevamos dentro, y que parece personificarse en el propio escritor, en un juego de realidad y ficción. La locura de Strindberg parece así contraponerse a la cordura de Lucifer. Si en Estación de nieblas Sueño presenciaba la dimisión de Lucifer como responsable del infierno, la obra de Strindberg escenifica de una forma paralela este encuentro entre el demonio y el escritor, que en casi todas las ocasiones tiene lugar cuando Strindberg se encuentra en una estado intermedio entre el sueño y la vigilia.

August Strindberg 1899. Pintado por Carl Larsson

 

BIBLIOGRAFÍA.

Neil Gaiman. The Sandman. Estación de Nieblas. Publicado por Norma Editorial, 2004.

August Strindberg, Inferno. Publicado por Acantilado, 2002.

Joaquín Yarza Luaces, “Del Ángel Caído al diablo medieval” (1979). En Boletín del
Seminario de Estudios de Arte y Arqueología: BSAA, ISSN 0210-9573 Tomo 45,
pp.299-316.

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